La clasificación tiene tres escalas: mundial, por país y por región. En ella figuran los jugadores que tienen cuenta —una partida jugada como invitado no deja rastro— y cualquiera puede salirse cuando quiera sin perder su progreso.
Las partidas competitivas tienen su propia medida, una valoración de fuerza y no un recuento de victorias. Todo el mundo empieza en 1000 puntos y juega cinco partidas de colocación, durante las cuales la valoración se mueve el doble de rápido, antes de estabilizarse. La valoración nunca baja de 100: una mala racha cuesta puestos, no borra meses de juego.
Seis rangos jalonan la escala: Bronce, luego Plata a partir de 900, Oro a 1050, Platino a 1200, Diamante a 1350 y Maestro a 1500. El modo competitivo se abre en el nivel 10: el tiempo justo para conocer las reglas y para evitar que una cuenta creada para una sola partida falsee la valoración de los demás.
Una clasificación mide la regularidad, no la suerte de una noche. Una victoria contra un jugador mejor valorado da más que una victoria contra un principiante, y lo contrario también es cierto: eso es lo que impide subir eligiendo a los adversarios.