Un juego de rapidez y de observación: dos cartas siempre tienen un único símbolo en común, y el primero que lo señala gana la carta.
Cincuenta y siete cartas de ocho símbolos, tomados de un conjunto de cincuenta y siete símbolos distintos. Dos cartas cualesquiera siempre tienen un símbolo en común, y solo uno.
No es una casualidad de fabricación: la baraja se construye mediante un cálculo geométrico que garantiza esta propiedad para cada pareja de cartas, y se comprueba al principio de cada partida.
Cada jugador recibe una carta, colocada boca arriba delante de él. Tras una breve cuenta atrás, se da la vuelta a una carta en el centro de la mesa. Las demás forman el mazo.
Todos los jugadores buscan a la vez el símbolo que su propia carta comparte con la del centro. El primero que toca el símbolo correcto gana la carta del centro: esta cubre su carta y pasa a ser la que comparará con la siguiente.
Tras una breve pausa, se da la vuelta a una nueva carta en el centro, y la carrera vuelve a empezar.
Señalar un símbolo que no es el correcto no hace perder nada de lo ganado, pero bloquea a su autor durante dos segundos: ya no puede señalar nada, y los demás siguen buscando.
Este bloqueo está calculado para que tocar los símbolos al azar, uno tras otro, lleve más tiempo que mirar.
Si nadie encuentra el símbolo común antes de que se acabe el tiempo, la carta del centro se descarta sin que nadie la gane, y se da la vuelta a la siguiente.
La partida se detiene cuando se acaba el mazo. Gana quien haya conseguido más cartas; los jugadores empatados comparten su puesto en la clasificación.